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Cuando me reía de las corridas, o mejor, de los que corrían.

Han pasado varios meses desde la última vez que tomé un lápiz #2 y un cuaderno para plasmar cosas. Antes las 100 hojas Andaluz me acompañaban, ahora son las anotaciones en una Tablet la testigo de mis ideas y rabietas cuando oprimo la letra que no es. Pero bueno, de eso se trata el cambio: aprender, adaptarse o resignarse, mientras que el proceso puede darte rabia.

 

Hace unos días me leí un libro de Vargas Llosa: Civilización del Espectáculo. Había intentado descargar uno diferente porque la verdad su título no llamaba mi atención, pero no pude. Como si la matrix de las redes no me permitiera leer, o más bien, me invitara u obligara a descárgalo y leerlo.

 

A medida que leía este libro, las sensaciones físicas y emocionales de mi infancia eran más y más reales y vivas. Como si montado en el DeLorean hubiese viajado a esos años en donde la calle no era sinónimo de peligro, sino, un escenario de juegos, deporte y amores escondidos. Días donde los piropos eran poesía sacada de manuscritos de campesinos vallenateros y en los que fui feliz viendo el cara-cara del hombre y la bestia.

 

Era la temporada taurina en Sincelejo y no era común ver a neonatos pasearse por la avenida Ocala o las Peñitas con la fuerza y la libertad que tú y yo tenemos. Esos seres valientes, heroicos, modestos y curiosos, pero también graciosos y enérgicos, marcarían a toda una generación de sabaneros y sabaneras amantes del ganado y la tauromaquia.

 

Mi madre me llevaba porque sabía que los iba a disfrutar. Jamás olvidaré como Superman con su 1.30 metros de estatura era capaz de volar por el lomo de un novillo, o las peleas de Batman y Robin por demostrarle a la señorita de turno su hombría enfrentándose a un becerro fortachón y mal humorado siempre dispuesto a brindar lo mejor de sí. Era casi irreal ver a mi súper héroe de la televisión convirtiéndose en un dios de la arena.

 

Cómo no animarles, cómo no aplaudirles, cómo no reír, cómo no llorar al final para que el show no terminara, cómo no sucumbir ante los encantos de una enana contorsionista, cómo no aguantar el sol por verles, cómo no sacar pañuelos. Cuántos Oleeees no habré dicho, cuántos otros me habré tragado, cuánta comida chatarra no consumí y cuántas amistades no reforcé. Pero vienen los cambios y estoy aprendiendo. Sinceramente no creo que me adapte. Y mientras la rabia me toma por el cuello queriendo asfixiarme, mi salvavidas es resignarme a ver cómo, en este proceso, la Corte le tira la pelota al Senado para que decidan qué hacer con las corridas de toros.

 

A quién sepa: ¿Qué pasó con los enanitos toreros?

 

Nota: Las observaciones y opiniones que figuran en este artículo son del autor(a) y no reflejan necesariamente las afiliaciones profesionales del mismo, de Tres Cocos o ninguna otra organización.

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