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Tres acontecimientos que marcaron el 2016

03/27/2017

Durante 2016, ocurrieron tres sucesos que incidieron en el ánimo tanto de quienes disfrutamos del porro y del fandango, como de los que hemos impulsado y defendido la realización del Encuentro Nacional de Bandas: el fallecimiento de Jorge Martínez Paternina, el cincuentenario de la Banda de la Laguneta y la edición de “Tributo al porro”. Sobre ellos se debe discutir dado las repercusiones que ocasionarían en el devenir de éstos ritmos musicales que nos identifican. 

 

Loor a dos luchadores

 

Desde antes de arribar a los cincuenta años de existencia y de la mano de Miguel Emiro Naranjo, la Banda 19 de Marzo de Laguneta se había convertido en un paradigma de la resistencia y persistencia en la defensa de un bien cultural.

 

La defunción de Jorge marcó el fin de un personaje que se apersonó de la conservación y promoción de nuestra riqueza cultural, no sólo por componer canciones y escribir textos, sino por organizar eventos, como la organización del certamen que en 1984 fundó, junto con Tulio Rafael Hernández y Arturo García Cariello, con la intención de poner en evidencia que el porro no era un fenómeno exclusivo de los cordobeses, sino también de los sucreños. Por lo que se estableció como objetivo no premiar la ejecución de las bandas, sino a quienes compusieran, marcando con ello una impronta que además de innovar, lo diferenciara del de San Pelayo.

 

Aunque en los últimos años Jorge se alejó de la dirección del certamen, nunca dejó de participar en él, como compositor o como espectador. Le interesaba tanto lo que ocurría que, a pesar de sus desacuerdos y distancias con los dirigentes, siempre con cortesía, discreción y generosidad, se acercó a algunos de nosotros para hacérnoslo saber. Era como el padre que adquirió conciencia de la adultez del hijo al que por ello ya no puede reprender, pero a quien el sentimiento de verlo incurrir en un error le impedía callar. Su disenso, en consecuencia, lo vamos a extrañar, al igual que su afán por captar, con su cámara fotográfica, los momentos de esplendor de algún músico.

 

Porque él, sin preámbulos ni prejuicios, entablaba amistad con ellos. Bastaba que integraran una agrupación. Se sentía uno de ellos, aunque no interpretara ningún instrumento. Pero también fue amigo de gestores culturales y de escritores, de escultores y antropólogos, de ganaderos y de periodistas, de empresarios y de políticos. Al fin de cuentas sus mayores virtudes fue la persistencia para persuadirnos de que era un hombre comprometido con la cultura sabanera, tanto que acuñó una expresión que siempre tendremos en cuenta: porrología, de la que se valió para iniciar la campaña que, según su aspiración, debía concluir con la consagración del porro como patrimonio inmaterial y cultural del mundo.     

 

En cuanto a la Banda 19 de marzo de Laguneta, es de encomiar el haber mantenido, sin desfallecer, la unión y el prestigio de un grupo durante 50 años, sobre todo cuando su cometido se orientó a interpretar porros mientras la modernidad instauró como patrón de belleza solo lo que se comercializa y posibilitó el encuentro con otras expresiones que atraen a los jóvenes. Eso convierte a las bandas en empresas de la cultura popular cuya cotidianidad está signada por dificultades e incertidumbres, tanto económicas como sociales, pues ellas, de ser las protagonistas de los festejos, pasaron a ser las teloneras.

 

La 19 de marzo de Laguneta se fundó en 1966 por una iniciativa de Miguel Emiro Naranjo, quien se convirtió en el timonel que la ha conducido hacia la inmortalidad, pues aunque no llena escenarios como los ídolos del vallenato, del pop o del rock, para mucho todavía constituye un acontecimiento estar ahí cuando sus trompetas, bombardinos y clarinetes se acompasan para recordarnos de dónde provenimos, inclusive en otros ámbitos como Francia.

 

Loor a Jorge Martínez Paternina y Miguel Emiro Naranjo Montes por no sucumbir ante los halagos de la estridencia y reafirmar, ahora que nuestras costumbres se americanizaron, la valía de nuestros ancestros.

 

Pudo ser mejor

 

Pero al lado de los sucesos que se comentaron ocurrió otro que merece un análisis. Se trata de “Tributo al porro” el libro que editó y difundió el grupo de comunicaciones El Meridiano. Aunque está impecablemente editado, nos enfrenta a la disyuntiva de disentir en privado por considerar que en él no se mencionó a todos los personajes y organizaciones que intentan darle realce al porro, callar porque somos indiferentes ante las omisiones o deficiencias, aplaudir a quienes lo hicieron por el esfuerzo de recordarnos la vitalidad del aire musical o, también, descalificar el trabajo por la superficialidad con que se realizó.

 

Con independencia de la postura que se asuma, no se justifica ocultar que se trata de una tentativa por visibilizar el porro como expresión cultural de la región Caribe, adoptando para ello el mismo tratamiento que la casa editorial aplicó respecto del resto de manifestaciones de origen popular que se practican en nuestro ámbito.  

 

Evidencia ese propósito no sólo la carta que William Antonio Salleg Taboada, presidente del grupo de comunicaciones El Meridiano, dirigió a la Real Academia de la Lengua (RAE) para pedir que se publique en el Diccionario de la RAE la acepción que destaque la existencia de este ritmo ancestral del norte del país (y que se publica al inicio del texto), sino las notas que se escribieron para resaltar aspectos de la arqueología de porro, exaltar a algunos de los protagonistas de su vigor o exponer las razones de ese ocurrir, ilustradas con unas fotografías impecables y expresivas.

 

A pesar de que, como se anotó atrás, el trabajo que se comenta merece y debe ser ponderado, tengo la convicción de que hubiera logrado un mayor impacto si las notas que se escribieron no se hubieran limitado a magnificar lo festivo del porro. En efecto, la riqueza del material recopilado permitía abordarlo desde la perspectiva del reportaje, la crónica o el ensayo para rescatar tanto el entusiasmo que despierta como las peripecias de quienes los gestan. Los protagonistas o autores pudieron ser los mismos personajes que se mencionaron o consultaron para elaborar el material. Nadie desconoce que los periplos de Pablo Flórez, Juancho Nieves, Aglae Caraballo, Dairo Meza, William Fortich, Inis Amador, Miguel Emiro Naranjo, Cesar Viloria, Juancho Torres o Fabio Santos, han estado enmarcados tanto en las ejecutorias y penurias de una agrupación musical, como en la investigación, incidiendo, aunque su labor se hubiera asumido desde perspectivas diferentes, en el conocimiento y la divulgación de nuestras músicas.

 

Nadie que haya dedicado tiempo a componer canciones, a dirigir una agrupación, a organizar eventos musicales de orientación cultural o a indagar sobre la vida de los músicos o el devenir del arte, desconoce que la música es un producto de la imaginación. Esa certeza también nos lleva a otra: por mucho que surja de la imaginación, no es una experiencia marginal ya que ella no se disocia de la cotidianidad, sino que se afianza y nutre de ella. Era por tanto la oportunidad de dar una visión totalizante de nuestro aire. Pero el enfoque se restringió, ocultando los retos que afrontan los artistas y las omisiones en que incurren algunas autoridades cuando en vez de promover el surgimiento de escuelas y de fomentar incentivos para que la niñez y la juventud entiendan la importancia de tener una identidad, dedican los presupuestos a financiar artificios que cada vez tiene menos de nuestros ancestros. 

 

Pero insisto, lo hecho no se debe invalidar, aunque tampoco se puede omitir que pudo ser mejor. Si la concepción del trabajo no se hubiera circunscrito a la elaboración de unos textos ágiles que, apenas cumplen el cometido de mostrar una sola cara del porro: la festiva. Se desaprovechó la ocasión para juntar al periodista, el historiador y el escritor con miras a rescatar las raíces culturales e integrarlas con el presente. A la región y al folclor le hubiera convenido más una visión que nos totalizara.

 

A fin de cuentas, quizás fue un trabajo realizado con la deliberación de escribir sobre las manifestaciones de la cultura popular a través del artificio de la brevedad para impactar al lector. Ello no sólo se niega las preocupaciones de los ejecutores que día tras día verifican el decaimiento del entusiasmo que su música despierta, sino que se impide la creación y desarrollo de la pedagogía que incita a los jóvenes e infantes a entender y difundir lo valioso de lo construido y les anime a elaborar a partir de lo hecho, aunque esto no tenga el rotulo que está de moda: la música urbana.

 

Nota: Las observaciones y opiniones que figuran en este artículo son del autor(a) y no reflejan necesariamente las afiliaciones profesionales del mismo, de Tres Cocos o ninguna otra organización.

 

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